Sobre el concepto de revolución

Sobre el concepto de revolución

Cultura
10 Nov 2019 – 10:57 AM
Damián Pachón Soto


El creciente movimiento social en América Latina contra la injusticia social y demás desmanes producidos por el modelo neoliberal, al igual que manifestaciones similares en el mundo, ofrecen la oportunidad de reflexionar sobre el concepto de revolución, sus tensiones y sus posibilidades.

Ecuador, Chile y Argentina son las naciones que recientemente han manifestado varias protestas en contra de sus gobiernos.
En su libro La revolución: Una filosofía social propia, el pensador alemán Gustav Landauer (1870-1919), sostenía: “La sociología no es una ciencia, pero, aunque lo fuera, la revolución continuaría siendo, por peculiares motivos, irreductible al tratamiento científico”. Que algo escape al conocimiento implica que es inasible, que no es precisable, definible exactamente y determinable para el pensamiento humano. Y en efecto, es esto lo que sucede con la revolución, un fenómeno social tan complejo, que concebirlo requiere “un largo ejercicio previo de entrenamiento para pescar con la mano un pez al que, sin duda, Dios le dio un baño de jabón”, para usar fuera de contexto una frase de Rafael Gutiérrez Girardot. Pero, ¿a qué se debe esta dificultad? Veamos.

Hay que aclarar que, como afirma Gianfranco Pasquino, en la antigüedad no se usó nunca el término, pues se acudía a ciertas regularidades o ciclos para explicar los cambios políticos, tal como en Platón o en Polibio. Ni qué decir de la Edad Media con su culto al quietismo temporal ajeno al progreso. Y si bien el término fue ajeno, también, al vocabulario político de Maquiavelo, es justamente en el Renacimiento donde nace para significar un “lento, regular y cíclico movimiento de las estrellas, casi indicando que los cambios políticos no pueden alejarse de leyes universales e implícitas”. Pues bien, es con la Revolución de independencia anticolonial americana, de 1776, y con la Revolución francesa de 1789 cuando el concepto muta y pasa a significar la instauración de un “orden nuevo”. Aquí, ya no se trata de seguir el movimiento de la realidad, su temporalidad, ni de atender a las leyes implícitas del orden social. No. Se trata justamente de hacer saltar el tiempo, de situarse sobre el devenir y quebrar las leyes del orden social. Se trata de intentar crear algo inédito, algo prefigurado por la utopía, algo que emergió como crítica de lo existente, de la “dadidad”.

La revolución no se hace, entonces, siguiendo las normas que sostienen la sociedad existente; se hace, justamente, quebrándolas, por eso todas las revoluciones modernas, como la inglesa, la americana, la francesa, la rusa, etc., han sido engendradas por un acontecimiento violento. La violencia, en este caso, es la partera del tiempo, del orden social. Y es así justamente porque la violencia revolucionaria aparece como un acto justo frente a la violencia conservadora que intenta sostener el orden dado y a los sectores que disfrutan de sus privilegios. Desde luego, como es sabido, han existido revoluciones pacíficas y exitosas, pero no es la regla, pues los grandes logros de la razón, como la igualdad, la libertad y los demás derechos, han exigido cierta dosis de sangre en la historia.

Toda revolución es, entonces, un tránsito, que puede ser visto como una especie de progreso, pero es justamente en este tránsito, en el lomo del devenir del cambio social, cuando empiezan las contradicciones de la revolución. En un comienzo, en los albores de la revolución, la crítica y la vida sufriente han detectado lo que está mal, la desigualdad, el colonialismo, la injusticia, la ausencia de libertad, la opresión religiosa y política, etc. Es decir, hay claridad sobre el orden que se desea cambiar. También se ha construido al enemigo que se debe derrotar. Por otro lado, se ha prefigurado cierta ruta de acción, objetivos, fines, medios, estrategias, tácticas y, en alguna medida, se ha previsto el orden social que se desea construir, y, sin embargo, sobre la marcha las cosas pueden cambiar. La realidad, como se sabe, no siempre se ajusta a las ideas que nos hacemos de ella. ¿Por qué? Existen varias razones.

En los análisis de Antonio Gramsci pueden encontrarse algunas explicaciones. Hacer la revolución o buscar el cambio social implica siempre un adecuado análisis de la realidad, del presente: se necesita pensar en el orden material, la correlación de fuerzas políticas, el grado de conciencia y de universalización de los intereses, de la hegemonía; la correlación de fuerzas militares y, también, el contexto internacional, pues este, como se ha visto en las últimas décadas, puede contribuir al sofocamiento de una revolución. Gramsci pensó claramente que una crisis económica no generaba por sí misma la revolución, si bien favorece la movilización discursiva que deslegitima a la clase dirigente, al enemigo o al adversario político. Cuando estos análisis fallan no solo se presentan errores de cálculo en la planificación, sino que la revolución es fácilmente aplastada, reprimida o vencida militarmente. Por eso, el filósofo italiano, para evitar el voluntarismo político, sostenía que la revolución cultural debe preceder a la revolución política, de esta manera no se tomaba el poder, sino que se devenía poder legítimo y hegemónico. Prescindir de una reforma cultural y un largo proceso político equivalía, en el corto plazo, a implantar una dictadura cuya arma sería inevitablemente la coerción.

Ahora, ¿qué sucede cuando se toma el poder, se subvierte de tajo el orden, se trastorna el tiempo y el estado de cosas, de manera súbita, y se derroca el orden injusto anterior, pero sin haber trabajado políticamente, sin haber creado consenso y conciencia, sin haber tenido presentes las condiciones objetivas y subjetivas? La respuesta es sencilla: se pervierte la revolución. Y se pervierte porque quienes triunfaron, al no poder avanzar, se dedican a defender lo poco que han logrado, o el orden nuevo instaurado. El resultado: los otrora revolucionarios mutan en conservadores y reaccionarios, intentan detener el tiempo, el movimiento, y se muestran dogmáticos, intolerantes, inflexibles y fanáticos frente a quienes no piensan como ellos. Toda contrarrevolución revela, la mayoría de las veces, el fondo bestial del entusiasmo. Esto se vio claramente en el caso de la Revolución francesa, la rusa y hasta en la cubana.

Por eso tiene razón E. M., Cioran cuando en su Ensayo sobre el pensamiento reaccionario sostiene: “Una revolución que ha triunfado y que se ha instalado […] deja de ser una revolución e imita y está obligada a imitar las características, el aparato y hasta el funcionamiento del orden que ha derrocado”, o, en otras palabras, llega un momento en el que el revolucionario quiere eternizar su presente, su poder y su gloria y “acaba reaccionado igual que los partidarios de la tradición”. Nadie, pues, está exento de enamorarse del poder que todo lo corrompe. Estas son las tensiones y hasta las contradicciones de la revolución. Ahora, ¿cómo evitar que las revoluciones fracasen, degeneren? No existen fórmulas mágicas. Solo puede decirse, con Lukács, que la organización es la mediación entre la teoría y la práctica, y que, por lo mismo, la unidad mediada entre teoría y práctica debe estar siempre presente, para poder alimentar la primera con la segunda; y orientar la segunda con la “luz” de la primera. Hay que aprender a ajustar las cargas en el camino, tener liderazgo, inteligencia, flexibilidad y capacidad de aprendizaje, entre otras cualidades, para no dejar morir ese momento adánico fundacional que es la revolución. Lo importante, entonces, de una revolución no es solo iniciarla, sino mantenerla, y lograr que el nuevo orden se materialice y logre cierta estabilidad, estabilidad que no es definitiva ni absoluta. Siempre aparecerán nuevos retos.

La revolución exige líderes comprometidos, éticos, convencidos, con claridad mental, pues si esta falta es más fácil errar en la acción o en el camino. Por lo demás, exige una ardua preparación, pues no se toma el cielo por asalto, como piensa cierto infantilismo revolucionario que cree que con ciertos actos —marchas, enfrentamientos o confrontaciones— se derroca el poder. En estos casos, se confunde el inicio con el final y se expone a los seguidores o militantes a una muerte o mutilación inútil. Los mártires no pueden considerarse semillas de la revolución, eso lo debe tener en cuenta el movimiento social actual latinoamericano. Es la acción permanente, clara, creativa, constante y organizada la que, mediante el ejercicio de una soberanía popular activa y crítica, puede generar cambios cualitativos en el orden neoliberal imperante y hegemónico en el mundo.

Por lo demás, en el antropoceno atravesamos una crisis civilizatoria debido al cambio climático, la crisis económica, energética, alimentaria y demográfica; con grandes injusticias y desigualdades sociales, de tal manera que la justa protesta social crecerá en los próximos años. Desde luego, esta crisis civilizatoria producirá la alineación de la derecha y de los defensores de sus intereses en el mundo, de tal manera que el porvenir es de lucha social frente a represión. No avizoro un futuro más amable. Y en ese contexto, pensar la revolución, la acción política, el papel de la violencia, etc. se hace más necesario que nunca, pues asistimos a “una de las noches más oscuras del mundo”, como dijo María Zambrano. Las revoluciones, pues, no han muerto, como pensaron ingenuamente algunos filósofos posmodernos. Parecen, más bien, un futuro posible y hasta un destino inevitable.

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